Un disco y un libro que aún no pueden comprarse en las tiendas del ramo

16.08.08.
La semana que viene Medeski, Martin & Wood, mis grupo de jazz contemporáneo favorito, publica un nuevo disco. Eso ya sería, de por sí, una fantástica noticia aun cuando probablemente, por eso de que los discos de jazz no los venden en mantas frente a los hospitales públicos y lugares semejantes, es probable que no pueda comprarlo hasta el mes que viene (sí, siempre están la mula o el torrent, pero no es lo mismo). Por si esto no fuera ya una buena noticia, resulta que el nuevo disco de este trío es un homenaje a un amigo suyo, o al menos de Medeski, el músico de jazz vanguardista norteamericano John Zorn, en su vertiente de Masada (Zorn tiene muchos disfraces, algunos muy buenos, como los de sus grupos Masada o Naked City, otros no tantos, como cuando hace bandas sonoras para películas inexistentes), que es, o más bien era, ya que están inactivos desde hace casi una década, mi otro grupo favorito de jazz contemporáneo.
 
Y como a veces las cosas buenas vienen de dos en dos, leo en la versión digital de El Mundo que James Ellroy, al fin, va a terminar su trilogía americana, compuesta en estos momentos por la fantástica América y la no tan fantástica, pero apasionante, Seis de los grandes. Mentiría si no dijera que llevo esperando este libro muuuuuchos años.

Mi novela en pocas palabras

11.08.08.
Este era el núcleo de la novela que empecé a escribir hace unos meses, abandoné en mayo y tal vez retome en setiembre:

Un detective privado, en el curso de una investigación ordinaria, descubre que su cliente abusó sexualmente de su hija cuando ésta era pequeña, con la connivencia de su esposa, y tras algunas aventuras más o menos interesantes permite que la pequeña, que se fugó de casa en cuanto tuvo una oportunidad, asesine a su padre.

No parece gran cosa, tal vez no lo sea, ni muy original, porque lo mismo se debe haber contado cien mil veces, pero todas las novelas parecen la misma cuando se explican con 44 palabras, y creo que nadie la ha contado de la manera en que voy a hacerlo yo.

La sangre de los inocentes | una novela de Julia Navarro

30.07.08.

Me encontré el otro día un libro de bolsillo aparentemente abandonado en la mesa pequeña del salón. Como soy un hombre curioso y el libro estaba boca abajo, le di la vuelta y observé que se trataba de La sangre de los inocentes, la última novela de Julia Navarro. Leí el texto promocional de la contraportada, tuve la impresión de que era una mierda de novela, la típica tontería híbrida pseudohistórica con algo de película de acción que me aburre mortalmente llena de templarios, conspiraciones milenarias, griales, organizaciones secretas, asesinos, terroristas y demás tópicos que, por lo que he leído hasta ahora, sólo Juan Eslava Galán, con y sin pseudónimo, es capaz de escribirlos muy bien, tal vez porque no se los toma muy en serio.

Hace ya algunos meses leí otra novela de la misma autora, y no puedo decir que experimentara una experiencia gratificante mientras lo hacía, de hecho ni siquiera fui capaz de terminar aquella cosa aburrida y mal escrita que se llamaba La biblia de barro. Nunca, y cuando digo nunca quiero decir que aún no me ha ocurrido, no que no pueda ocurrirme jamás, he desarrollado prejuicios negativos hacia un escritor tras leer una mala novela porque sé que no siempre se puede ser genial, ni siquiera Navokov o Vargas Llosa lo han conseguido, y tener la desgracia de leer una novela mala de un autor que no conozco no implica que no tenga otras que sí puedan gustarme mucho. No estaba predispuesto a darle una segunda oportunidad a la señora Navarro, pero el verano y el paro son tan aburridos que casi sin pensar en lo que estaba haciendo, cogí el libro y empecé a leerlo.

Nada más terminar los primeros capítulos empecé a aborrecer esta novela: el argumento se ha visto y leído un millón de veces, y no estaba contado sin una pizca de originalidad; los personajes eran planos, unidimensionales, y no se comportaban de un modo coherente con respecto a la época en que todo ocurría, la Edad Media, parecían desubicados temporalmente; en cuanto a su estilo de escritura, sólo diré que no tiene personalidad alguna, todo es sujeto + verbo + predicado, todo es muy lineal, todo es… aburrido. Conseguí llegar con mucho esfuerzo aproximadamente hasta la página 150, y decidí dejar el libro boca abajo en el mismo lugar donde lo encontré porque ya tenía claro que era una mierda de novela y no me apetece en estos momentos perder mi tiempo con cosas que no sólo no me gustan, sino que insultan mi escasa inteligencia y mi sentido crítico.

Lo bueno de esta experiencia es que durante un par de horas tuve ganas de retomar la novela semiabandonada que no estoy escribiendo ahora. Eso es bueno, al menos para mí, y creo que debería leer más mierdas como ésta que ha escrito Julia Navarro porque me hacen pensar que es imposible que yo lo haga peor.


Sirenas

27.07.08.


Chet Baker

24.07.08.
Chet Baker

Chet Baker

Hay un truco muy sencillo para saber si un disco de Chet Baker es bueno o malo antes de comprarlo en una tienda. Tienes que mirar la fecha en que fue grabado en la parte de atrás: si la fecha de grabación (distinta de la fecha de edición, cuidado con eso) está entre 1952 y 1957, es muy probable que sea un buen disco de jazz; si la fecha es posterior a la década de los 50, yo no me molestaría en comprármelo a menos que se tratara de una recopilación de temas de los años 50 o de la grabación de su concierto de Hanover, ese que hizo dos semanas antes de morir y que se encuentra en dos cds (creo que ya lo han editado en un solo pack, pero no me hagas mucho caso con esto).

Chet Baker no era un trompetista sobresaliente, un compositor reconocido, un cantante que valiera la pena escuchar con atención, ni un hombre muy inteligente, pero como un año de estos van a estrenar en los cines una película sobre los años que pasó en Italia en la década de los 60 y tal vez se ponga de moda, me ha parecido empezar a explicar qué es el jazz con este hombre.

Contarte quien fue Baker es como escribir un relato breve lleno de tópicos: el chico blanco que siendo niño se muda a California, aprende a tocar la trompeta en el instituto, el colegio no es lo suyo y se alista en el ejército, al ser licenciado empieza a hacerse notar por los clubes de jazz del país, y, casi sin saber cómo ocurre, entra en la banda de Stan Getz y toca con Charlie Parker cuando este visita Los Ángeles en el 52. Es muy joven, es blanco, tiene una presencia que encanta a las mujeres, y ha tocado con Parker, la leyenda viva del jazz, así que lo que tiene ante él es, nada más y nada menos, que una prometedora carrera cuya cúspide es, en esos momentos, inimaginable. Desgraciadamente para él, ese será el gran momento de su vida.
Baker se une a Gerry Mulligan, un gran saxofonista, blanco como Chet, muy original en su manera de tocar el saxo barítono y en la composición del quinteto del que Baker formará parte. Desgraciadamente, a Mulligan lo meten en la cárcel por un asuntillo de drogas (los asuntillos de drogas siempre están presentes a la hora de hablar de los mejores músicos de jazz), y el grupo se deshace cuando más éxito tiene, pero como tenía un contrato relativamente largo con Pacific y tenían en este chico muchas esperanzas puestas, le animaron a tener su propio cuarteto. Es posible que ya entonces fuera adicto a la heroína.

Uno de los mitos más persistentes del mundillo del jazz es que todos los músicos son drogadictos. No se lo digas a nadie, pero es algo más que un mito. A Baker la heroína no le sienta bien, y mucho menos a su talento, que, como ya te he dicho, a mi no me parecía excepcional. Su carrera a mediados de los año cincuenta va cuesta abajo, y como tantos otros músicos de jazz drogadictos, se traslada a Europa al final de la década por la admiración que algunos círculos, sobre todo en Italia, Gran Bretaña y Francia, sienten hacia esta clase de música y la menor dureza con los narcóticos de las leyes de estos países. Aún así, Baker será incapaz de librarse de pasar un año a la sombra en Italia, de ser expulsado por la misma razón de Inglaterra, y de ser deportado a Estados Unidos desde Alemania (la del oeste, que entonces existían dos países llamados Alemania), terminando sin duda con la poca calidad musical que aún le quedaba.

El resto de su vida es muy patético: le rompen literalmente la boca en una pelea entre drogadictos, aunque yo creo que realmente quién le dio fue su camello, a quien debería dinero porque su carrera estaba en un momento muy, muy, muy bajo, nada que ver con la época, apenas diez años atrás, en la que Hollywood se lo rifaba. Las consecuencias de la paliza fueron negativas para el músico, algo relacionado con la dentadura, y tocar la trompeta le costaba tanto y le era tan doloroso a pesar de las modificaciones que intentó hacer en las boquillas de su instrumento, que se cambió al fiscorno y terminó dejando la música, que no las drogas, a principios de los 70.

Su retorno lo hizo por la puerta grande en el 73. Si hay algo que guste más en Estados Unidos que un triunfador, eso es un triunfador que ha caído muy, muy, muy bajo. Como en el mundillo del jazz se conoce todo el mundo, Baker tenía amigos tan buenos como Dizzy Gillespie, Gerry Mulligan o Stan Getz que le echaron una mano al contar con su trompeta en algunos conciertos y grabaciones. Estaba lejos de ser el geniecillo blanco de principios de los 50, la heroína se había cobrado un precio muy alto, pero se las arregló para grabar y tocar tanto en Estados Unidos como en Europa, donde siempre fue más apreciado.

Chet Baker murió en Ámsterdam en 1988, a la edad de 59 años, aparentando unos 80 debido a los estragos que su larga adicción dejó en su metabolismo. Dos semanas antes, el 28 de abril, actuó en Hanover, República Federal Alemana, y se registró su sonido por última vez. Estaba en Ámsterdam para unos conciertos (un drogadicto y Ámsterdam son cosas que no se deberían mezclar nunca) y se cayó por la ventana de la habitación su un hotel, una segunda planta, a la calle, destrozándose la cabeza. La autopsia indicó que estaba hasta el culo de heroína y coca, pero no pudo determinarse si se cayó accidentalmente haciendo el gilipollas, si alguien le dio un empujón, o si se suicidó.

El nombre de Baker está indisolublemente asociado a un estilo de jazz que se conoce como cool o costa oeste. Tú dirías que es una especie de reacción al jazz predominante en la época en que surgió, finales de los años 40, el bop, porque es más tranquilo, melódico, y tiene algo de vieja big band. Algunos piensan que es una regresión musical que pronto se vio barrida por el hard bop, otros que era un estilo guay muy adecuado, por cierto, para crear nuevos aficionados a esta clase de música. Hizo algo de hard bop a lo largo de su carrera, pero prácticamente no evolucionó su sonido, algo que sólo hacen los músicos mediocres (los buenos son curiosos y exploran cosas nuevas; los genios, y de esos hay cinco o seis sólo, crean sus propios estilos de jazz, y en el caso de Miles Davis, más de uno).


Una muestra de buen periodismo

24.07.08.

Si hay algo casi imposible de encontrar en todo el mundo, eso debe ser un ejemplo de buen periodismo independiente, así que cuando casualmente me encuentro con ello, me emociono tanto que casi acabo llorando de alegría. No ocurre demasiado, no más de dos o tres veces al año, y en el caso del texto que leí hace un par de días, por tratarse de una crítica musical, su mérito es aún mayor.

No tengo una buena opinión del periodismo ni de las personas que lo ejercen, al menos en este país. Tal vez el origen de este prejuicio se encuentre en mis años universitarios, cuando yo quería estudiar publicidad y relaciones públicas, me matriculé en esa licenciatura, y a las dos semanas me di cuenta de que lo que estaba estudiando en realidad se llamaba periodismo. Eran cosas de los planes de estudio viejos y de ser parte de la tercera promoción que estudiaba ciencias de información en Sevilla, a veces te sentías como un conejillo de indias, a ver qué cosas te enseñaban y para qué te servirían en el futuro. Para algo sirvieron, desde luego.

Siempre se me atragantó un poco el aire de superioridad moral que solían gastar los profesores relacionados con el periodismo sobre nosotros, los pobrecitos vendemonas de publicidad, y lo que leo y veo en televisión cada día no ha hecho que mi opinión mejorase, pero creo que soy una persona ecuánime, y cuando leo algo bueno, debo reconocerlo.

El artículo en cuestión es éste, publicado en El País por Chema García Martínez, y hace la crónica de un concierto celebrado por el conocido pianista de jazz Keith Jarret y su trío habitual en San Sebastián. A Chema García no le ha gustado el concierto, no le gustan ni el músico ni lo que toca, y no se corta nada a la hora de dejarlo clarito a todos sus lectores. Algunas de las frases que dedica al pianista norteamericano son:

Si no fuera porque es como es -digámoslo claramente: la simpatía no es su fuerte-, sería como reencontrarse con un viejo amigo.

… es uno de los primeros músicos en la historia del jazz en figurar en los libros sin haber hecho nada esencialmente nuevo.

Su recital donostiarra, con el teatro lleno hasta los topes, fue uno más, y no de los mejores, precisamente.

… puede hablarse de un Jarret verdaderamente espeso y un Gary Peacock cansado y sin pegada. Solo DeJohnette mantuvo el tipo, pero esto no es noticia.

Si ya es difícil que un crítico de música hable mal de alguien, que lo insulte de un modo tan fino e irónico, incluso que conozca qué es la ironía, es grandioso. No importa que yo tenga una opinión muy distinta de Keith Jarret, que me parece un pianista de primera, mucho mejor que, por ejemplo, ese tío tan aburrido llamado Thelonious Monk que el autor del artículo cita en dos ocasiones, es un estupendo artículo, y creo que a ese hombre deberían subirle el sueldo por él, o hacerle fijo si aún no está en plantilla.

Por cierto, si alguien lee el artículo y no sabe demasiado de jazz, tal vez le gustaría saber que que:

  • John DeJohnnette es el mejor bajista del mundo,
  • que él y Jarret tocaron en los años 70 con Miles Davis, y que Jarret incluso accedió, a petición del propio Davis, a dejar de lado su piano y cambiarlo por uno eléctrico que iba mejor con la mierda que hacía en aquellos años posteriores a Bitches Brew,
  • que sí, que estos tres hicieron aquellos dos discos ya clásicos en la historia del jazz, Standards I y II, pero que en la misma sesión de grabación hicieron el disco Changes, que es tan bueno como los anteriores, con material completamente nuevo,
  • que no es del todo cierto que no haya sido un músico original, y que desde luego tan sólo su virtuosismo le serviría como entrada al paraíso lleno de cocaína, música y habitaciones de hotel donde van los mejores músicos de jazz cuando mueren,
  • que no hay cojones de decir lo mismo de la serie Art of the Trio hecha por Brad Mehldau, o de la mayor parte de la singladura del Bill Evans Trio,
  • que la mayoría de los músicos de jazz, dicen, son unos cabrones antipáticos, normalmente debido a las grandes cantidades de alcohol, cocaína y heroína acumuladas en sus cuerpos, y Jarret no está entre los más indeseables,
  • que me parece que tengo todos los discos que estos tres hombres han grabado como trío, casi todos en directo, y que, tal como dice el autor de la crítica, ninguno es igual que otro, y su repertorio cambia cada vez,
  • que la versión de It Never Entered My Mind de estos señores está casi a la misma altura que la que grabó Miles Davis en 1956, y eso no está al alcance de casi nadie.

No asistí al concierto de San Sebastián, así que no puedo afirmar si fue bueno o malo, divertido o aburrido, si Jarret estuvo a la altura de su bien ganado prestigio o no, pero la sinceridad del autor del texto que he comentado a lo largo de esta anotación me llevan a pensar que no tuvieron su mejor noche. Lástima, porque cuando están bien, se salen de la escala.


Museo

24.07.08.
Little Medusa

Little Medusa

Me dejan a solas en la sala de interrogatorios con mi alucinación. Siempre está conmigo, flotando nos centímetros por encima de mi cabeza, invisible para los policías que observan desde el otro lado del espejo falso y la videocámara que lo ha grabado todo desde que estoy aquí, excepto mi verdadero rostro. Mi alucinación es como una caja cerrada mal ensamblada o un cubo naranja de ángulos desiguales, y gira alrededor de su centro geométrico a una velocidad variable, según su estado anímico. Nunca me ha dicho su nombre, así que yo la llamo Avatar, y aunque es una palabra que ya no significa nada, creo que le gusta.

Nadie te creerá si cuentas la verdad, me dijo cuando me detuvieron esa mañana en mi estudio.
Tenía razón, por supuesto, pero mi orgullo fue más fuerte que mi prudencia y contesté todas las preguntas, aclaré todas las dudas que surgieron, fui paciente, comprensiva y tolerante con sus pobres y limitadas experiencias vitales, y apenas mentí, sólo lo justo para no comprometer mi verdadera identidad, pero el policía guapo me dijo al acabar que hacerme la loca para evitar las acusaciones de asesinato sólo funcionaría en una película. Te dejo sola unos minutos para que lo pienses mejor, me dijo. Volveré en veinte minutos y te traeré alfo de comer. Si cambias de opinión y quieres la asistencia de un abogado, dímelo ahora. ¿No? De acuerdo.

No me cree. Me molestó tanto su actitud que deseé mostrarle mi verdadero rostro, pero me contuve. No soy una mentirosa. Él dijo que regresaría en veinte minutos y ya ha pasado al menos media hora. Él es el mentiroso, no yo. No me gusta que me llamen mentirosa, ni siquiera cuando miento. Eso me altera, y cunado me altero pasan cosas terribles.

Diez minutos más tarde el policía guapo regresa y se siente frente a mí. No ha traído comida, sólo café pero yo no quiero café, sólo quiero que dejen de insultarme y marcharme a mi estudio y seguir trabajando en mis esculturas. No soy una mentirosa, le digo. No me estás contando toda la verdad, responde, y aunque lo hace sonriendo y su sonrisa es preciosa, sé que me está llamando de nuevo mentirosa.

Mi alucinación puede leerme el pensamiento. Esa es una ofensa que tu padre castigaría severamente, me dice. Si no lo haces, tal vez has dejado de ser la hija de tu padre. ¿Qué serás a partir de hoy?

Tiene razón, no puedo tolerarlo más, y le muestro mi verdadero rostro. Mi apariencia se desdibuja en un segundo, y mi carne se vuelve de metal y de mis hermosos cabellos salen serpientes delgadas y hambrientas que se estiran y retuercen en el aire. El policía guapo, frente a mí, deja de respirar inmediatamente, la sangre deja de correr por sus venas, ya no puede ver, oír ni hablar, ya no puede decir que soy una mentirosa, y lo observo feliz, sonriendo para siempre, inmóvil para toda la eternidad, ni vivo ni muerto, pétreo. Mi alucinación gira deprisa, feliz.

Quiero dejar este lugar cuento antes. Mis serpientes pueden ver a través del falso espejo. Los hombres que estaban allí también han visto mi verdadero rostro, y pasarán la eternidad en unas posturas extrañas y poco dignas que tal vez divertirán a los suyos cuando dejen de llorar su estado.

Los hijos de Prometeo siempre han tenido miedo de lo que no entienden. Me pregunto qué harán cuando me marche de la comisaría dejando atrás a todos los policías con los que me cruce convertidos en trozos de piedra, cómo lo explicarán, qué les dirán a sus familiares. Ojalá convirtieran este lugar en un museo, pues todos estos hombres son ahora obras mías.


Miradas

23.07.08.
Further Look

Further Look

Subí a la azotea para furmarme un cigarrillo. Eran las seis de la tarde, el sol pegaba con furia, y en seguida empecé a sudar. No había nadie más, pero levaba cinco minutos arriba cuando llegó la mujer. No la había visto antes, no me resultaba familiar. Creo que me quedé mirándola más de lo necesario y que ella se dio cuenta. Me sentí incómodo, tal vez un poco avergonzado, y cuando terminé cigarrillo encendí otro para que ella no pensara que me marchaba porque me había sorpendido mirándola.

No me dijo nada, y yo tampoco. Miré todo el tiempo a la calle para no cruzarme con su mirada, si es que me miraba. No había apenas tráfico, tampoco personas caminando por la calle. Estaba siendo un verano muy caluroso, y a quella hora aún habría mucha gente durmiendo la siesta. Hace más de cinco años que no doy una cabezadita después de comer, a veces lo echo de menos.

Terminé el segundo cigarrillo y lo apagué contra el suelo. Vi que la mujer me observaba. Estaba sentad en el suelo, las rodillas levantadas, los brazos alrededor, la barbilla sobre ellas. No dijo nada, sólo me observaba. La miré un poco más de lo necesario otra vez, ella se dio cuenta, pero no me importó porque ella había empezado aquel cruce de miradas.

Volví a la oficina. Estaba casi asustado, no sé por qué, amenazado, pero no tenía ningún motivo para ello, ¿verdad?


Cómo no se escribe una novela

22.07.08.

Las cosas funcionaron de esta manera:

  1. Decidí que quería escribir una novela.
  2. Decidí qué tipo de novela me apetecía escribir, y pensé en su argumento principal. Desde el principio tuve claro que haría una novela negra, y que el argumento giraría en torno a una pregunta que me hice a mí mismo: ¿qué es lo peor que un ser humano le puede hacer a otro ser humano?
  3. Desarrollé el argumento, añadí personajes y los desarrollé, pensé en cómo interactuarían entre sí, en cómo se sentirían con la información que tendrían a lo largo de la historia… También imaginé dónde sucedería todo.
  4. Me documenté para dar verosimilitud a la novela. Concretando un poco más, aprendí mucho sobre enfermedades mentales y sus tratamientos, sobre el funcionamiento interno de grandes bufetes de abogados, sobre las redes de trata de inmigrantes y los prostíbulos de carretera, sobre la pedofilia, los pedófilos y sus víctimas, sobre accidentes de coches y sobre estafas multimillonarias a compañías de seguros. En general, esta labor es aún más aburrida de lo que parece a primera vista, pero era necesario.
  5. Empecé a escribir la novela.
  6. Abandoné la novela.

En el mp3, después de llenarlo con discos de John Coltrane, he empezado a borrar cosas, pero aún no he grabado en él nada nuevo; he quitado de encima del dvd Damages porque no estoy de humor para verla hasta el final en estos momentos; sigo sin leer nada, y sigo sin echarlo de menos, lo que me asusta un poco porque soy, o era, un lector compulsivo capaz de leer incluso lo peor de lo peor, novelas de Almudena Grandes, Matilde Asensi, Alberto Vázquez Figueroa o José Carlos Somoza.


Los próximos inquilinos | un cuento de Arthur C. Clarke

20.07.08.

 

Se ha exagerado enormemente la cantidad de científicos locos que desean conquistar el mundo —dijo Harry Purvis, mirando reflexivamente su cerveza—. En realidad sólo recuerdo haber conocido a uno.

—Entonces no debían de ser muchos —comentó Bill Temple con cierta acritud—. Esas cosas no se olvidan fácilmente.

—Supongo que no —repuso Harry con aquel aire de inocencia tan desconcertante para sus críticos—. Y de hecho, aquel científico no estaba realmente loco. Pero sin duda estaba dispuesto a conquistar el mundo. O para ser más preciso, a permitir que el mundo fuese conquistado.

—¿Y por quién? —preguntó George Whitley—. ¿Por los marcianos o por los conocidos hombrecitos verdes de Venus?

—Por ninguno de ellos. Estaba colaborando con alguien de mucho más cerca de casa.

Comprenderéis lo que esto significa cuando os diga que era un mirmecólogo.

—¿Un qué? —preguntó George.

—Déjele continuar con su relato —lo amonestó Drew, desde el otro lado del mostrador—. Son más de las diez, y si esta semana no están todos fuera a la hora de cerrar, me cerrarán el local.

—Gracias —dijo Harry, con dignidad, tendiéndole su vaso para que lo llenase de nuevo—. Todo esto ocurrió hace casi dos años, cuando estaba en una misión en el Pacífico. Fue un asunto muy secreto, pero en vista de lo que ha ocurrido desde entonces no hay ningún mal en hablar de ello. Tres científicos fuimos llevados a cierto atolón del Pacífico, a menos de mil seiscientos kilómetros de Bikini, y se nos dio una semana para
montar un equipo de detección. Desde luego, estaba destinado a no perder de vista a nuestros buenos amigos y aliados cuando empezaron a jugar con las reacciones termonucleares; de hecho, a recoger algunas migajas de la mesa de la Comisión de Energía Atómica. Los rusos estaban haciendo lo mismo, naturalmente, y en ocasiones nos tropezábamos los unos con los otros y ambos bandos pretendíamos que estábamos allí por nuestra cuenta.

»Se pensaba que aquel atolón estaba deshabitado, pero esto era un gran error. En realidad tenía una población de varios cientos de millones.

—¿Qué? —exclamaron todos.

—Varios cientos de millones —repitió tranquilamente Purvis—, de los cuales sólo un individuo era humano. Lo conocí un día que fui tierra adentro para echar un vistazo al panorama.

—¿Tierra adentro? —preguntó George Whitley—. Creí que habías dicho que era un atolón. ¿Cómo puede un anillo de coral…?

—Era un atolón muy grande —dijo Harry con firmeza—. Y además, ¿quién está contando esto?

Esperó un momento, con aire desafiante, para recobrar el hilo del relato.

—Caminaba por la orilla de un delicioso riachuelo, a la sombra de los cocoteros, cuando me sorprendió ver una rueda hidráulica, que parecía muy moderna y que accionaba una dinamo. Si hubiese sido más sensato, habría tenido que dar media vuelta e informar a mis compañeros; pero no pude resistir la curiosidad y decidí hacer un reconocimiento por mi cuenta. Recordé que todavía se pensaba que por aquellos lugares había tropas japonesas que no sabían que la guerra había terminado; pero esta explicación parecía bastante improbable.

»Seguí el cable eléctrico hasta lo alto de una cuesta y vi que al otro lado había un edificio bajo y enjalbegado, levantado en un gran claro. En todo el claro había altos e irregulares montículos de tierra, unidos entre sí por una red de alambres. Era una de las cosas más desconcertantes que jamás había visto, y me quedé allí durante diez minutos, mirante y tratando de descubrir lo que pasaba. Pero cuanto más miraba, menos sentido le encontraba a todo aquello.

»Estaba pensando en lo que tenía que hacer, cuando un hombre alto y de cabellos blancos salió del edificio y se acercó a uno de los montículos. Llevaba una especie de aparato y unos auriculares colgados del cuello, por lo que imaginé que estaba utilizando un contador Geiger. Sólo entonces me di cuenta de lo que eran aquellos altos montículos. Eran termiteros…, unos rascacielos, en relación con sus constructores, mucho más altos que el Empire State Building, y en los que viven las llamadas hormigas blancas.

»Observé con el mayor interés, aunque totalmente desconcertado, cómo el viejo científico insertaba su aparato en la base del termitero, escuchaba atentamente durante un instante y volvía después al edificio. Pero esta vez era tanta mi curiosidad que decidí revelar mi presencia. Fuera lo que fuese lo que allí se estaba investigando, estaba claro que nada tenía que ver con la política internacional; yo era por tanto el único que tenía algo que ocultar. Veréis más adelante lo equivocado que estaba.

»Grité para llamar la atención y descendí la cuesta agitando los brazos. El desconocido se detuvo y me miró: no parecía particularmente sorprendido. Al acercarme, observé que tenía un bigote descuidado que le daba un aspecto ligeramente oriental. Tendría unos sesenta años y caminaba muy erguido. Aunque sólo llevaba unos pantalones cortos, parecía tan digno que me sentí bastante avergonzado de mi ruidosa aparición.

»—Buenos días —saludé en tono de disculpa—. No sabía que hubiese alguien en esta isla. Yo formo parte de un… equipo científico que trabaja en el otro lado.

»Al oír esto, al desconocido se le iluminaron los ojos.

»—¡Ah, un compañero científico! —dijo en un inglés casi perfecto—. Encantado de conocerle. Entremos en la casa.

»Lo seguí de buen grado pues tenía bastante calor después de mi caminata, y vi que el edificio no era más que un gran laboratorio. En un rincón había una cama y un par de sillas, así como un hornillo y uno de esos lavabos plegables que utilizan los que hacen camping. Parecían los únicos objetos que empleaba en su vida cotidiana. Pero todo estaba limpio y aseado: mi desconocido amigo parecía un recluso, pero creía en las
apariencias.

»Me presenté y, como había esperado, él hizo lo propio. Era un tal profesor Takato, biólogo de una importante universidad japonesa. No parecía japonés, salvo por el bigote que he mencionado. Con su actitud digna y erguida me recordaba a un viejo coronel de Kentucky a quien había conocido tiempo atrás.

»Después de ofrecerme un vino raro pero refrescante, nos sentamos y estuvimos conversando durante un par de horas. Como la mayoría de los científicos, parecía encantado de estar con alguien que podría apreciar su trabajo. Realmente me interesan más la física y química que la biología, pero la investigación del profesor Takato me pareció fascinante.

»Como supongo que no sabéis mucho de termitas, os recordaré las principales características. Son unos de los insectos sociales más evolucionados y viven en numerosísimas colonias en los trópicos. No pueden soportar el tiempo frío y, aunque parezca extraño, tampoco la luz directa del sol. Cuando tienen que ir de un lugar a otro, construyen pequeños caminos cubiertos. Parecen tener algún desconocido y casi instantáneo medio de comunicación y, aunque la termita individual es bastante inútil y torpe, toda la colonia se comporta como un animal inteligente. Algunos escritores han hecho comparaciones entre el termitero y el cuerpo humano, que también está compuesto de células vivas individuales que forman una entidad muy superior a las unidades básicas. A las termitas se las llama con frecuencia “hormigas blancas” pero esto es absolutamente incorrecto ya que no son hormigas sino una especie de insecto muy diferente. ¿O debería decir “género”? No entiendo mucho de estas cosas…

»Disculpad esta pequeña conferencia, pero cuando hube escuchado a Takato durante un rato empecé a entusiasmarme realmente con las termitas. ¿Sabíais por ejemplo que no sólo cultivan huertos sino que tienen también vacas (insectos vacas, naturalmente) y que las ordeñan? Son unos diablillos muy refinados, aunque lo hagan todo por instinto.

»Pero será mejor que os diga algo sobre el profesor. Aunque estaba solo en aquel momento y llevaba varios años viviendo en la isla, tenía varios ayudantes que le traían equipo desde el Japón y lo ayudaban en su trabajo. Su primera gran hazaña fue hacer con las termitas lo que Von Frische había hecho con las abejas: aprender su lenguaje. Era mucho más complicado que el sistema de comunicación que emplean las abejas y que, como probablemente sabéis, se funda en el baile. Comprendí que la red de alambres que enlazaban los termiteros con el laboratorio, no sólo permitía al profesor Takato escuchar a las termitas cuando hablaban entre ellas sino también comunicarse con ellas. Esto no es tan fantástico como parece, si se emplea la palabra “hablar” en su sentido más amplio. Nosotros hablamos a muchos animales, no siempre con la voz sino por otros medios. Cuando se arroja un palo a un perro, esperando que corra a buscarlo, es una manera de hablar, un lenguaje por signos. Deduje que el profesor había inventado alguna clase de lenguaje en clave que las termitas comprendían, aunque no supe hasta qué punto era eficaz para comunicar ideas.

»Volví allí cada día, siempre que tenía un rato libre, y al cabo de una semana nos habíamos hecho buenos amigos. Tal vez os sorprenderá saber que oculté estas visitas a mis colegas, pero la isla era muy grande y cada cual tenía mucho que explorar. Yo tenía la impresión de que el profesor Takato me pertenecía, y no quería exponerlo a la curiosidad de mis compañeros. Éstos eran unos personajes bastante toscos, graduados en alguna universidad provinciana como Oxford y Cambridge.

»Me satisface decir que pude prestar cierta ayuda al profesor, reparando su radio y ajustando algunos de sus aparatos electrónicos. Él empleaba trazadores radiactivos para seguir a termitas individuales. En realidad, estaba siguiendo a una de ellas con un contador Geiger cuando le vi por primera vez.

»Cuatro o cinco días después de conocernos, sus contadores empezaron a volverse locos, y el equipo que habíamos montado, comenzó a vacilar en sus grabaciones. Takato adivinó lo que había sucedido; nunca me había preguntado exactamente qué estaba yo haciendo en las islas, pero creo que lo sabía. Cuando lo saludé, puso en marcha sus contadores y me hizo escuchar el zumbido de las radiaciones. Se había producido alguna fuga radiactiva, no peligrosa, pero suficiente para armar aquel alboroto.

»—Creo —dijo suavemente— que sus físicos se están divirtiendo de nuevo con sus juguetes; y esta vez son muy grandes.

»—Temo que tiene usted razón —respondí. No estaríamos seguros hasta que las señales hubiesen sido analizadas, pero parecía que Teller y su equipo habían iniciado la reacción del hidrógeno—. Muy pronto conseguiremos que las primeras bombas atómicas parezcan petardos mojados.

»—Mi familia —dijo el profesor Takato, sin emoción—, estaba en Nagasaki.

»Poca cosa podía decir yo a esto, y me alegré cuando él prosiguió:

»—¿Se ha preguntado alguna vez quién se encargará de esto cuando hayamos terminado?

»—¿De sus termitas? —dije medio en broma.

»Pareció vacilar un momento. Después continuó a media voz:

»—Venga conmigo: todavía no se lo he mostrado todo.

»Fuimos a un rincón del laboratorio donde había algo cubierto con un paño para resguardarlo del polvo, y el profesor descubrió un curioso aparato. A primera vista parecía uno de esos manipuladores que se emplean para manejar a distancia materiales radiactivos peligrosos. Tenía unas manijas que producían movimientos por medio de varillas y palancas, pero todo parecía centrarse en una cajita de pocos centímetros de lado.

»—¿Qué es? —le pregunté.

»—Un micromanipulador. Los franceses lo inventaron para trabajos biológicos. Todavía no hay muchos en el mundo.

»Entonces lo recordé. Eran unos aparatos con los cuales, mediante un adecuado sistema de reducción, se podían realizar operaciones increíblemente delicadas. Se movía el dedo un centímetro, y el instrumento que se estaba manejando se movía una milésima de centímetro. Los científicos franceses que habían inventado esta técnica habían confeccionado pequeñas fraguas en las que podían fabricar pinzas y escalpelos diminutos a base de vidrio fundido. Trabajando sólo con microscopios, habían podido disecar células individuales. Extirpar el apéndice a una termita (en el caso muy improbable de que el insecto lo posea) sería un juego de niños con este instrumento.

»—Yo no soy muy hábil en el uso del manipulador —confesó Takato—. Uno de mis ayudantes hace todo el trabajo con él. No he mostrado esto a nadie más, pero usted me ha ayudado mucho. Acompáñeme, por favor.

»Salimos al aire libre y cruzamos las avenidas de altos montículos, duros como si fuesen de cemento. No todos tenían el mismo estilo arquitectónico, pues hay muchas clases diferentes de termitas: algunas ni siquiera construyen montículos. Me sentí como un gigante que caminase por Manhattan, pues eran verdaderos rascacielos, cada uno con sus propios y numerosos habitantes.

»Había una pequeña choza de metal (no de madera, porque las termitas habrían dado pronto cuenta de ella) junto a uno de los montículos, y al entrar nosotros en ella quedó atrás la luz del sol. El profesor pulsó un interruptor y un débil y rojo resplandor me permitió ver varios tipos de instrumentos ópticos.

»—Odian la luz —dijo—; así que observarlas es un gran problema. Nosotros lo hemos solucionado empleando infrarrojos. Esto es un convertidor de imágenes del tipo que se empleó en la guerra para operaciones nocturnas. ¿Sabe algo sobre ellos?

»—Desde luego —contesté—. Los tiradores emboscados los fijaban en sus fusiles para poder disparar con precisión en la oscuridad. Unos aparatos muy ingeniosos; me alegro de que hayan encontrado la manera de utilizarlos para fines pacíficos.

»Pasó bastante rato antes de que el profesor Takato encontrase lo que quería. Parecía estar moviendo alguna clase de periscopio, atisbando en los pasillos de la ciudad de las termitas. Después dijo:”

—¡Dese prisa, antes de que se vayan!”Me acerqué y adopté su posición. Tardé un segundo o dos a enfocar debidamente la mirada, y un poco más en comprender la escena que estaba viendo. Seis termitas, muy ampliadas de tamaño, se movían rápidamente en mi campo visual. Viajaban en grupo como si fueran perros esquimales; y la analogía era muy buena, dado que arrastraban un trineo…

»Tan asombrado estaba que ni siquiera advertí la clase de carga que transportaban. Cuando se hubieron perdido de vista, me volví al profesor Takato. Mis ojos se habían acostumbrado ya al débil resplandor rojo y pude verlo claramente.

»—Así que eso es lo que ha construido con su micromanipulador —le dije—. Es asombroso; nunca me lo hubiera podido imaginar.

»—Pero esto no es nada —replicó el profesor—. Hay pulgas amaestradas que tiran de una carreta. Todavía no le he dicho lo más importante. Nosotros sólo construimos unos pocos trineos de ésos. El que acaba de ver lo construyeron ellas.

»Esperó a que asimilase lo que acababa de decirme; tardé algún tiempo. Entonces prosiguió a media voz, pero con un entusiasmo controlado:

»—Recuerde que las termitas, como individuos, carecen virtualmente de inteligencia. Pero la colonia en su conjunto es una clase muy elevada de organismo, e inmortal, salvo accidentes. Se quedó paralizada en su actual condición instintiva millones de años antes de que naciese el hombre, y nunca podría escapar por sí sola de su actual perfección estéril. Ha llegado a un punto muerto, porque no tiene herramientas ni manera eficaz de controlar la naturaleza. Yo le he dado la palanca, para aumentar su fuerza, y ahora el trineo, para aumentar su eficacia. He pensado en la rueda, pero esto será mejor dejarlo para una fase posterior; ahora no sería muy útil. Los resultados han superado mis esperanzas. Empecé con este termitero, pero ahora todas tienen los mismos instrumentos. Se han enseñado unas a otras, y esto demuestra que saben colaborar. Cierto que tienen guerras, pero no cuando hay comida suficiente para todas, como aquí.

»”Pero no se puede juzgar el termitero por un patrón humano. Lo que yo quiero hacer es dar un impulso a su rígida cultura estancada; sacarla de la rutina por la que se ha regido durante millones de años. Le daré más herramientas y técnicas nuevas; espero ver, antes de morir, que el propio termitero empieza a hacer inventos…

»—¿Y por qué hace usted esto? —le pregunté, pues sabía que había en ello algo más que una mera curiosidad científica.

»—Porque no creo que el hombre sobreviva, pero espero que se conserven algunas de las cosas que ha descubierto. Si ha de encontrarse en un callejón sin salida, creo que hay que echarle una mano a otra raza. ¿Sabe por qué elegí esta isla? Para que mi experimento permaneciese aislado. Si mi supertermita llega a evolucionar, tendrá que permanecer aquí hasta que haya alcanzado un alto grado de conocimiento. En realidad, hasta que pueda cruzar el Pacífico…

»”Hay otra posibilidad. El hombre no tiene rival en este planeta. Creo que le conviene tener uno. Podría ser su salvación.

»No supe qué decirle: los sueños del profesor eran desconcertantes…, y sin embargo, en vista de lo que acababa de observar, muy convincentes. Sabía que el profesor Takato no estaba loco. Era un visionario, y su aspecto revelaba una sublime indiferencia, pero se fundaba en una base segura de la realización científica.

»Y no es que fuese hostil a la humanidad, sino que se compadecía de ella. Creía simplemente que la humanidad había quemado su último cartucho, y deseaba salvar algo de la catástrofe. No podía censurarle.

»Debimos estar mucho tiempo en aquella choza, explorando posibles futuros. Recuerdo que le sugerí que quizá podría haber cierta comprensión mutua, ya que dos culturas tan diferentes como las del hombre y la termita no debían tener motivos de conflicto.

»Pero en realidad no me lo creía, y si se producía un conflicto, no estaba seguro de quién triunfaría, porque ¿de qué servirían las armas del hombre contra un enemigo inteligente que podía destrozar todos loí trigales y los arrozales del mundo?

»Cuando salimos de nuevo al aire libre, era casi de noche. Fue entonces cuando el profesor me hizo su última revelación.

»—Dentro de unas semanas —dijo—, daré el paso más importante.

»—¿Y cuál va a ser? —le pregunté.

»—¿No lo adivina? Les daré el fuego.

»Sus palabras me causaron un gran impacto. Sentí un escalofrío ajeno a la noche que se acercaba. La espléndida puesta de sol más allá de las palmeras parecía simbólica… y de pronto me percaté de que el simbolismo era más profundo de lo que había creído.

»Era una de las puestas de sol más hermosas que jamás había visto, y en parte era obra del hombre. Allá arriba, en la estratosfera, el polvo de una isla que había muerto ese día envolvía la Tierra. Mi raza había hecho un gran avance; pero ¿tenía eso alguna importancia ahora?

»”Les daré el fuego”. Nunca había dudado que el profesor triunfaría, y cuando esto ocurriera, las fuerzas que mi propia raza acababa de desencadenar no la salvarían…

»La nave volante vino a recogernos al día siguiente y no volví a ver a Takato. Todavía está allí, y creo que es el hombre más importante del mundo. Mientras nuestros políticos se pelean, está haciendo que parezcamos obsoletos.

»¿Creéis que alguien debería detenerlo? Tal vez aún se estaría a tiempo. Con frecuencia he pensado en ello, pero nunca he encontrado una razón lo bastante convincente. Un par de veces estuve a punto de decidirme; pero cogí un periódico y leí los titulares.

»Creo que deberíamos darles una oportunidad. No creo que puedan hacer un trabajo peor que el que hemos hecho nosotros.