Me dejan a solas en la sala de interrogatorios con mi alucinación. Siempre está conmigo, flotando nos centímetros por encima de mi cabeza, invisible para los policías que observan desde el otro lado del espejo falso y la videocámara que lo ha grabado todo desde que estoy aquí, excepto mi verdadero rostro. Mi alucinación es como una caja cerrada mal ensamblada o un cubo naranja de ángulos desiguales, y gira alrededor de su centro geométrico a una velocidad variable, según su estado anímico. Nunca me ha dicho su nombre, así que yo la llamo Avatar, y aunque es una palabra que ya no significa nada, creo que le gusta.
Nadie te creerá si cuentas la verdad, me dijo cuando me detuvieron esa mañana en mi estudio.
Tenía razón, por supuesto, pero mi orgullo fue más fuerte que mi prudencia y contesté todas las preguntas, aclaré todas las dudas que surgieron, fui paciente, comprensiva y tolerante con sus pobres y limitadas experiencias vitales, y apenas mentí, sólo lo justo para no comprometer mi verdadera identidad, pero el policía guapo me dijo al acabar que hacerme la loca para evitar las acusaciones de asesinato sólo funcionaría en una película. Te dejo sola unos minutos para que lo pienses mejor, me dijo. Volveré en veinte minutos y te traeré alfo de comer. Si cambias de opinión y quieres la asistencia de un abogado, dímelo ahora. ¿No? De acuerdo.
No me cree. Me molestó tanto su actitud que deseé mostrarle mi verdadero rostro, pero me contuve. No soy una mentirosa. Él dijo que regresaría en veinte minutos y ya ha pasado al menos media hora. Él es el mentiroso, no yo. No me gusta que me llamen mentirosa, ni siquiera cuando miento. Eso me altera, y cunado me altero pasan cosas terribles.
Diez minutos más tarde el policía guapo regresa y se siente frente a mí. No ha traído comida, sólo café pero yo no quiero café, sólo quiero que dejen de insultarme y marcharme a mi estudio y seguir trabajando en mis esculturas. No soy una mentirosa, le digo. No me estás contando toda la verdad, responde, y aunque lo hace sonriendo y su sonrisa es preciosa, sé que me está llamando de nuevo mentirosa.
Mi alucinación puede leerme el pensamiento. Esa es una ofensa que tu padre castigaría severamente, me dice. Si no lo haces, tal vez has dejado de ser la hija de tu padre. ¿Qué serás a partir de hoy?
Tiene razón, no puedo tolerarlo más, y le muestro mi verdadero rostro. Mi apariencia se desdibuja en un segundo, y mi carne se vuelve de metal y de mis hermosos cabellos salen serpientes delgadas y hambrientas que se estiran y retuercen en el aire. El policía guapo, frente a mí, deja de respirar inmediatamente, la sangre deja de correr por sus venas, ya no puede ver, oír ni hablar, ya no puede decir que soy una mentirosa, y lo observo feliz, sonriendo para siempre, inmóvil para toda la eternidad, ni vivo ni muerto, pétreo. Mi alucinación gira deprisa, feliz.
Quiero dejar este lugar cuento antes. Mis serpientes pueden ver a través del falso espejo. Los hombres que estaban allí también han visto mi verdadero rostro, y pasarán la eternidad en unas posturas extrañas y poco dignas que tal vez divertirán a los suyos cuando dejen de llorar su estado.
Los hijos de Prometeo siempre han tenido miedo de lo que no entienden. Me pregunto qué harán cuando me marche de la comisaría dejando atrás a todos los policías con los que me cruce convertidos en trozos de piedra, cómo lo explicarán, qué les dirán a sus familiares. Ojalá convirtieran este lugar en un museo, pues todos estos hombres son ahora obras mías.

24.07.08. a las 6:31
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