
Si hay algo casi imposible de encontrar en todo el mundo, eso debe ser un ejemplo de buen periodismo independiente, así que cuando casualmente me encuentro con ello, me emociono tanto que casi acabo llorando de alegría. No ocurre demasiado, no más de dos o tres veces al año, y en el caso del texto que leí hace un par de días, por tratarse de una crítica musical, su mérito es aún mayor.
No tengo una buena opinión del periodismo ni de las personas que lo ejercen, al menos en este país. Tal vez el origen de este prejuicio se encuentre en mis años universitarios, cuando yo quería estudiar publicidad y relaciones públicas, me matriculé en esa licenciatura, y a las dos semanas me di cuenta de que lo que estaba estudiando en realidad se llamaba periodismo. Eran cosas de los planes de estudio viejos y de ser parte de la tercera promoción que estudiaba ciencias de información en Sevilla, a veces te sentías como un conejillo de indias, a ver qué cosas te enseñaban y para qué te servirían en el futuro. Para algo sirvieron, desde luego.
Siempre se me atragantó un poco el aire de superioridad moral que solían gastar los profesores relacionados con el periodismo sobre nosotros, los pobrecitos vendemonas de publicidad, y lo que leo y veo en televisión cada día no ha hecho que mi opinión mejorase, pero creo que soy una persona ecuánime, y cuando leo algo bueno, debo reconocerlo.
El artículo en cuestión es éste, publicado en El País por Chema García Martínez, y hace la crónica de un concierto celebrado por el conocido pianista de jazz Keith Jarret y su trío habitual en San Sebastián. A Chema García no le ha gustado el concierto, no le gustan ni el músico ni lo que toca, y no se corta nada a la hora de dejarlo clarito a todos sus lectores. Algunas de las frases que dedica al pianista norteamericano son:
Si no fuera porque es como es -digámoslo claramente: la simpatía no es su fuerte-, sería como reencontrarse con un viejo amigo.
… es uno de los primeros músicos en la historia del jazz en figurar en los libros sin haber hecho nada esencialmente nuevo.
Su recital donostiarra, con el teatro lleno hasta los topes, fue uno más, y no de los mejores, precisamente.
… puede hablarse de un Jarret verdaderamente espeso y un Gary Peacock cansado y sin pegada. Solo DeJohnette mantuvo el tipo, pero esto no es noticia.
Si ya es difícil que un crítico de música hable mal de alguien, que lo insulte de un modo tan fino e irónico, incluso que conozca qué es la ironía, es grandioso. No importa que yo tenga una opinión muy distinta de Keith Jarret, que me parece un pianista de primera, mucho mejor que, por ejemplo, ese tío tan aburrido llamado Thelonious Monk que el autor del artículo cita en dos ocasiones, es un estupendo artículo, y creo que a ese hombre deberían subirle el sueldo por él, o hacerle fijo si aún no está en plantilla.
Por cierto, si alguien lee el artículo y no sabe demasiado de jazz, tal vez le gustaría saber que que:
- John DeJohnnette es el mejor bajista del mundo,
- que él y Jarret tocaron en los años 70 con Miles Davis, y que Jarret incluso accedió, a petición del propio Davis, a dejar de lado su piano y cambiarlo por uno eléctrico que iba mejor con la mierda que hacía en aquellos años posteriores a Bitches Brew,
- que sí, que estos tres hicieron aquellos dos discos ya clásicos en la historia del jazz, Standards I y II, pero que en la misma sesión de grabación hicieron el disco Changes, que es tan bueno como los anteriores, con material completamente nuevo,
- que no es del todo cierto que no haya sido un músico original, y que desde luego tan sólo su virtuosismo le serviría como entrada al paraíso lleno de cocaína, música y habitaciones de hotel donde van los mejores músicos de jazz cuando mueren,
- que no hay cojones de decir lo mismo de la serie Art of the Trio hecha por Brad Mehldau, o de la mayor parte de la singladura del Bill Evans Trio,
- que la mayoría de los músicos de jazz, dicen, son unos cabrones antipáticos, normalmente debido a las grandes cantidades de alcohol, cocaína y heroína acumuladas en sus cuerpos, y Jarret no está entre los más indeseables,
- que me parece que tengo todos los discos que estos tres hombres han grabado como trío, casi todos en directo, y que, tal como dice el autor de la crítica, ninguno es igual que otro, y su repertorio cambia cada vez,
- que la versión de It Never Entered My Mind de estos señores está casi a la misma altura que la que grabó Miles Davis en 1956, y eso no está al alcance de casi nadie.
No asistí al concierto de San Sebastián, así que no puedo afirmar si fue bueno o malo, divertido o aburrido, si Jarret estuvo a la altura de su bien ganado prestigio o no, pero la sinceridad del autor del texto que he comentado a lo largo de esta anotación me llevan a pensar que no tuvieron su mejor noche. Lástima, porque cuando están bien, se salen de la escala.
24.07.08. a las 6:27
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